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Editorial
El
pasado mes de octubre tuvimos la oportunidad de celebrar
las IV Jornadas de Museología en Mérida,
donde amablemente nos acogió el Museo Nacional
de Arte Romano, para debatir monográficamente en
torno al tema de El proyecto museológico.
Gracias a los ponentes tuvimos la oportunidad
de hacer un recorrido bastante completo por el significado
de este término que, como muy acertadamente señaló
uno de los conferenciantes, hace sólo unos años
ni siquiera aparecía recogido en el diccionario
de lengua española. Se trata por tanto de una palabra
de nuevo cuño que hace referencia a algo tan importante
como "el espíritu del museo".
Es cierto que hace unos años la
implantación de un museo o la remodelación
de uno ya existente venía condicionada únicamente
por dos premisas: la colección y el edificio que
serviría de sede. Todo lo demás era accesorio.
Se trataba de exponer las piezas de la mejor manera posible.
Ese concepto está hoy superado en gran medida y
ya no se trata sólo de ver piezas sino de entender
un mensaje a través de esas piezas y de su correspondiente
montaje. Las piezas están supeditadas a ese mensaje
que constituye la esencia del museo.
Afortunadamente, el nivel cultural de la
población es mucho más elevado que hace
tan sólo veinticinco años y ello permite
que los museos puedan aligerar sus exposiciones permanentes
al tiempo que, de forma inconsciente, incrementan la calidad
y cantidad de la información que se trasmite a
los visitantes. Estos están deseosos de incrementar
sus conocimientos acerca del tema de que trate el museo,
y eso sólo se consigue cuando hay una idea clara
de lo que se quiere trasmitir. Es decir, cuando hay un
proyecto museológico bien definido presidiendo
la concepción del museo.
Aunque es obvio que el proyecto museológico
-la definición del contenido- constituye la piedra
angular de todo museo, es evidente que estamos aun muy
lejos de que las cosas sean así. Puede que a ello
hayan contribuido, sobre todo en los últimos años,
no sólo la tendencia a construir contenedores emblemáticos
en sí mismos al margen de su contenido, sino también,
la ausencia de proyecto museológico previo, caso
de la Ciudad de la Ciencias de Valencia. Nos encontramos
aquí con un soberbio edificio pero que carece de
contenido, siquiera teórico. La inversión,
realizada en el complejo forma parte de una simple operación
urbanística. La Administración autonómica
se encuentra ahora con el problema de tener que dar un
uso a un edificio de enormes dimensiones, magnífico
desde el punto de vista formal, pero que por lo que respecta
al contenido representa un sonoro fracaso. Nunca hubo
un proyecto museológico para esa Ciudad de las
Ciencias, sólo un título más o menos
afortunado para los titulares de prensa.
Merece la pena reflexionar sobre esto porque
las consecuencias son importantes dado que, en demasiadas
ocasiones, el proyecto museológico se demanda cuando
ha quedado relegado a mero documento encargado de "rellenar"
el continente o, sencillamente se prescinde de él.
Un buen ejemplo de esto puede ser el Museo de la Ciencia
de Cuenca, que en origen tuvo un proyecto museológico
encargado de rellenar un continente pero que, en un último
momento, se decidió prescindir de él. Así,
el resultado que puede verse en la actualidad refleja
perfectamente esa total ausencia de programa ideológico,
de propuesta de contenido. El visitante se enfrenta a
toda una batería de cosas que, al igual que en
el cuento del traje invisible, sólo pueden causar
perplejidad, puesto que su instalación sólo
obedece a la necesidad de rellenar espacio y no a un programa
teórico de contenidos. Es, en todo caso, un magnífico
ejemplo de cómo no debe hacerse nunca un museo.
En contra de ese modus operandi,
los museólogos entendemos que el proyecto museológico
debe ser el documento de partida inexcusable tanto para
la creación de un nuevo museo como para la remodelación
de uno ya existente.
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