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Editorial
Queridos amigas y amigos:
Como ya sabeis, el pasado día 28
de marzo fue elegida la nueva Junta Directiva, cuyos miembros
queremos aprovechar esta oportunidad para agradecer vuestro
apoyo y confianza para que, entre todos, podamos continuar
afianzando la Asociación y convertirla en un interlocutor
válido cuando se hable del futuro de los museos
y de la profesión de museólogo.
Esta línea de trabajo nos llevará,
sin duda, a dejar en un segundo término los aspectos
más reivindicativos desde el punto de vista laboral
(retribuciones, niveles, situaciones laborales específicas,
etc.). Aún cuando para algunos compañeros
éstos puedan ser temas importantes, y sin duda
lo son, entendemos que antes de abordar esas cuestiones,
sería aconsejable que la Asociación mostrase
claramente su preocupación por la situación
en que se encuentran los museos españoles en general,
porque esta actitud acabará redundando en beneficio
de los profesionales.
No se escapa a nadie que en los últimos
años hemos asistido y continuamos asistiendo a
un importante proceso de creación de nuevos museos,
muchos de ellos de una enorme envergadura (Colección
Thyssen, Centro Atlántico de Arte Moderno, Casa
de las Ciencias-Domus, Centro Gallego de Arte Contemporáneo,
Guggemheim, IVAM, Ciudad de las Artes y las Ciencias,
etc.), cuya estructura organizativa y funcionamiento quedan
fuera del ámbito de la Administración.
Todos ellos tienen una serie de rasgos
comunes que interesa resaltar. En primer lugar hay una
renuncia general al nombre museo porque es un término
anclado en el pasado con reminiscencias inmovilistas y
de mastodontismo burocrático. Volvemos, en cierto
sentido, a la situación de principios de siglo
cuando las vanguardias comparaban los museos con cementerios
y establecían la ecuación Museo = Mausoleo.
En segundo lugar, la gran mayoría de estos nuevos
Centros ha buscado una estructura de gestión semiprivada
o completamente privada para poder establecer una nueva
relación contractual (ni mejor, ni peor, sólo
diferente) con su personal y con la gestión diaria
del centro. En tercer lugar, todos ellos han prestado
una atención especial al visitante, entendido como
cliente, y han generado fórmulas de financiación
alternativas, separando, en la medida de lo posible, la
dirección científica de la gerencial. En
cuarto lugar, todos ellos han requerido inversiones de
miles de millones, lo que demuestra que sí hay
dinero para los proyectos que interesan y que los museos
interesan en mucha mayor medida, y esa medida es perfectamente
cuantificable.
En la mayoría de los procesos de
toma de decisiones para la creación de esos museos
y la definición de sus contenidos, no ha tomado
parte ninguna persona del colectivo de museólogos
o lo ha hecho muy marginalmente. El museólogo pasa
así a convertirse en el "cuidador" de
la colección (piezas), identificándose más
con el investigador que con el comunicador o divulgador.
Pierde así el papel que había jugado hasta
ahora de profesional capaz de transmitir una historia
-contar un relato-, y queda relegado al papel de experto
conocedor de las piezas.
El "museólogo", inmerso
en un mundo -el de los museos- cada vez más complejo
y dinámico en el que la sociedad tiene cada vez
un mayor nivel de exigencia, se ha ido atrincherando en
el pequeño mundo de las piezas, automarginándose
de aquello que le era más propio, su capacidad
para comunicar-transmitir procesos.
Al sacralizar las piezas y ponerlas por
encima del discurso que representan, niega la propia esencia
del museo como lugar de comunicación y reclama,
al mismo tiempo, la vuelta a la cámara de maravillas
para erigirse en guardian del conocimiento que encierran.
Esta situación llega al absurdo cuando el "cuidador
de piezas" considera que es a él a quien compete
tomar las decisiones sobre las mismas, errónea
creencia que se refuerza al topar con un poder político
inseguro que prefiere atrincherarse tras el técnico
antes que asumir sus propias responsabilidades.
Este panorama debería movernos a
reflexionar acerca de las causas que nos han llevado a
esta situación para, tras el oportuno examen de
conciencia, actuar en consecuencia, si es que lo consideramos
oportuno, porque a más de uno puede parecerle que
éste es justamente el papel que debemos desempeñar.
Si eso fuera así, no nos diferenciaríamos
nada de un investigador del CSIC o de un profesor universitario
y no debemos confundir las expectativas personales -hay
muchos compañeros que desearían tener el
estatus de un investigador del CSIC o la dedicación
de un profesor de universidad- con lo que la sociedad
espera y demanda realmente de nosotros.
Esa incapacidad para llevar a cabo aquello
que se espera de nosotros ha determinado nuestro alejamiento
como colectivo de todos los foros de toma de decisiones
y, lo que es más relevante desde un punto de vista
egoista, ello ha supuesto la pérdida de un importantísimo
campo de desarrollo profesional y laboral, que ha sido
ocupado por otros grupos de profesionales que han visto
las necesidades reales de las sociedad y han sabido responder
a ellas con la necesaria agilidad.
No es un problema de la Administración
ni de los poderes públicos-políticos, sino
de nuestra incapacidad como colectivo para adaptarnos
al nuevo lenguaje de la sociedad. Es más cómodo
permanecer en la posición de erudito conocedor
de piezas que entrar de lleno, comprometiendose, en la
dura lucha que implica la definición de los museos
del siglo XXI. El "abandono" de las piezas nos
produce inseguridad porque nos obliga a trasladarnos a
un nuevo campo del conocimiento para el que no nos sentimos
preparados. Los intentos que se han hecho por aprehender
los nuevos lenguajes han quedado reducidos a meras recopilaciones
de piezas sin que éxista en ellos el más
leve intento de trasmitir información como conocimiento,
es decir, procesos.
El Museo del Prado, nuestro buque insignia,
es un ejemplo paradigmático de esta situación
porque todavía no ha definido su modelo. Es obvio
que no es una Galería de Arte donde puedan contemplarse
obras maestras del arte universal, porque las legiones
de visitantes impiden su contemplación con el sosiego
necesario. Por otra parte, tampoco es un museo (lugar
donde se ayuda al visitante con información complementaria).
Por el contrario, el Prado se ha transformado en aquello
que más aborrece, un hito de nuestra oferta turística
-como Toledo o Aranjuez- destinado a un turismo masivo
y poco entendido, donde reciben igual trato el amante
del arte que el turista cazador de imágenes. Y
lo peor es que no se tiene conciencia del problema.
En este final de siglo, la obsesión
por las piezas en sí mismas carece de sentido porque
los flujos de visitantes, así como las motivaciones
y características de éstos, responden a
condicionantes bien distintos. Una exposición interesante
y un buen montaje pueden atraer al público, pero,
en última instancia, serán otros factores
los que determinen el volumen de visitas de cada museo.
El caso de Toledo es muy expresivo porque sus Museos se
encuentran entre los más visitados del país,
algo que no se corresponde con el peso de sus colecciones,
y que sólo se explica teniendo en cuenta que Toledo
es un destino turístico de primer orden. El alto
índice de visitas a los museos toledanos es pues
la consecuencia de un turismo cautivo cuyo objetivo principal
es la visita a la ciudad.
Esta aparente contradicción no debe
desanimarnos porque nuestro objetivo como museólogos
debería ser, precisamente, preparar a todos esos
museos para dar un servicio lo más completo posible
a un público variado, con intereses muy dispares
y con niveles de información y conocimiento muy
diferentes. Ese es el reto.
Todos los pasos que demos en esa dirección
redundarán en un mayor reconocimiento de la profesión
y de la profesionalidad de sus miembros puesto que, en
última instancia, habrán contribuido a que
los museos se acerquen más al cumplimiento de sus
objetivos.
Por otra parte, en un momento en el que
existe un proceso muy complejo de privatización
de los servicios, los museos deben estar preparados -sobre
todo su personal- porque es seguro que antes de una década
se habrán privatizado parcialmente y estarán
inmersos en una dinámica nueva que afectará
de lleno a sus fuentes de financiación. En este
contexto los "cuidadores de piezas" serán
piezas de museo.
Para salir de esta situación es
necesario primero hacer una profunda autocrítica
y segundo, y a partir de ahí, plantear un debate
riguroso acerca de qué es un museólogo (más
aún en el caso del conservador) y cual debe ser
su desarrollo profesional (que no puede quedar relegado
a la obtención de un nivel salarial concreto),
porque sólo así podremos definir nuestro
papel en los museos a título individual y nuestro
papel en la sociedad como colectivo.
Como Junta Directiva
entrante esperamos y deseamos que la Asociación
sea capaz de pilotar ese debate, por nuestra parte haremos
todo lo posible para que así sea, y para ello es
imprescindible vuestra colaboración.
La
Junta Directiva
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